Ciudad de México – La relación comercial entre México y China ha alcanzado un punto de ruptura. Lo que inició como una alianza para obtener insumos baratos se ha transformado en un déficit comercial histórico que, al cierre de 2024, alcanzó los 119,520 millones de dólares, duplicando la cifra registrada hace apenas una década. Este desequilibrio no es solo un dato en los libros contables: es una fuerza que está redibujando el mapa industrial, el mercado laboral y la política exterior del país.
Una brecha que no deja de crecer
De acuerdo con datos de la Secretaría de Economía y análisis de industria, el déficit con el gigante asiático representa ya el 54% del saldo negativo total que México mantiene con la región de Asia. Entre enero y octubre de 2025, la cifra ya suma 101,383 millones de dólares, perfilando un cierre de año con un nuevo máximo histórico. Esta «avalancha» de productos asiáticos ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de las cadenas productivas locales frente a la escala de producción china.
Industrias bajo asedio: El costo en empleos
Los efectos de esta dependencia ya son visibles en las fábricas mexicanas. Los sectores textil, calzado y acero son los más castigados, denunciando prácticas de competencia desleal y sobreproducción. Las consecuencias sociales son profundas:
- Desempleo: En los últimos siete trimestres, las industrias del textil y calzado han perdido aproximadamente 250,000 puestos de trabajo.
- Sector Automotriz: Los vehículos ligeros provenientes de países sin tratado comercial (principalmente China) ya representan el 28.6% de las importaciones. El gobierno advierte que esta tendencia pone en riesgo el estatus de México como el quinto productor mundial de autos, ya que estas unidades no generan empleos ni producción local.
El «garrote» arancelario: México se alinea con Norteamérica
Ante la presión de las cámaras industriales, el Gobierno Federal ha decidido abandonar la pasividad. Se ha implementado un esquema de aranceles que oscilan entre el 5% y el 50% para productos provenientes de naciones con las que México no tiene tratados comerciales. Aunque la medida se presenta como general, el objetivo central es frenar la entrada de mercancía china.
Este giro hacia el proteccionismo inserta a México de lleno en la guerra comercial global. Según analistas, esta estrategia marca un «cierre de filas» con Estados Unidos y Canadá, buscando fortalecer el bloque de Norteamérica y reconfigurar las cadenas de suministro hacia el nearshoring, aunque la dependencia de insumos asiáticos no podrá romperse en el corto plazo.
¿Quién paga la factura? El impacto en el bolsillo
Sin embargo, proteger la industria nacional tiene un costo directo para el consumidor. Durante años, las familias mexicanas se beneficiaron de precios bajos en ropa, calzado y electrodomésticos gracias a la oferta china. Con los nuevos aranceles, se anticipa un encarecimiento de los bienes de consumo. Aunque el gobierno afirma que el impacto inflacionario será limitado, expertos advierten que la sustitución de proveedores difícilmente será gratuita para el ciudadano de a pie.
Un modelo en la encrucijada
México se encuentra hoy atrapado entre dos fuerzas: la necesidad urgente de frenar la desindustrialización interna y el imperativo de mantener su rol como hub manufacturero global. El país intenta ganar tiempo para que sus sectores tradicionales se reorganicen, mientras navega en aguas geopolíticas turbulentas, tratando de no romper puentes definitivos con Asia pero priorizando su supervivencia económica dentro del T-MEC.
