ESTUPIDEZ

Enrique R. Soriano Valencia

De la palabra ‘estupidez’, dice el Diccionario: «torpeza notable en comprender las cosas», así como «dicho o hecho propio de un estúpido».

En su libro ‘Lectoras’, Juan Domingo Argüelles sostiene que la estupidez es tan democrática que lo mismo se da entre personas estudiadas y populares que entre iletrados y desconocidos. «La estupidez no se quita con los libros», remata de forma contundente y ejemplifica con sabios personajes históricos.

Nadie quiere pasar por estúpido, desde luego. El adjetivo suena más fuerte que tonto y que torpe porque en la definición aparece la palabra ‘notable’, es decir, que otros lo notan. Aunque, en el fondo los dos aspectos están contenidos y todos cometemos tonterías, lo incomodo es que se den cuenta. Por eso, quienes más se afanan públicamente en no parecerlo (diferente de serlo) son los políticos. Su vida pública depende de ello. Entre menos torpezas le sean reconocidas, más segura será su carrera y, por tanto, mayor tiempo vivirá del erario.

Sostengo que la estupidez, en buena medida, es producto de nuestros prejuicios. Después de todo, ¿quién no es víctima de esos aspectos culturales que nos hacen ver normales o naturales ciertas condiciones? A Aristóteles le parecía natural la división de hombres libres y esclavos.

Cuando una información pega de lleno contra nuestros prejuicios (no sabemos que lo son, porque los confundimos con la forma natural de las cosas), devaloramos, dudamos o francamente negamos los datos. Por supuesto, entre más sólido sea nuestro prejuicio, más difícil será demolerlo y hasta elaboraremos razonamientos (como Schopenhauer) o teorías sostenidas como verdades científicas para mantenerlo (los experimentos nazis).

Cierto es que esos prejuicios pueden caer con el tiempo. Por una parte, gracias a la evolución social (el transcurso de la historia) y a la difusión de datos (por eso muchos comunicadores se esmeran en evidenciar a otros, para que nos desencanten); pero, por la otra, también se puede dar gracias a un pensamiento actualizado y procesado con los métodos más avanzados en el análisis racional (que, por supuesto, también está limitado por su momento histórico y tampoco es garantía de aplicarlo siempre).

Por supuesto, quien no piense como nosotros, le será evidente nuestra estupidez. Así, la conducta individual se convierte en objeto de crítica y es calificada de extravagante: «es un maniático» (manía es una conducta caprichosa y obsesiva por algo que carece de lógica para los demás).

Pero si algo tiene esta condición es que todos consideramos que la estupidez solo se da en los demás. Es decir, es un mal ajeno. Y ello es debido a que aplicamos todos nuestros razonamientos (y experiencia) para justificar nuestra forma de pensar y esta misma nos sirve para criticar, devaluar o despreciar el pensamiento de los demás. Es como aquel alcoholizado que circula en su vehículo en sentido contrario por una avenida. Al oír la alarma por la radio de que un loco circula mal, grita «¿Unooo? ¡¡¡Nooo!!! Está mal informado, son muchísimos».

Mientas no me deshaga de los prejuicios, seguiré viendo razonable mis estupideces y las conductas coincidentes de los demás.

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