Chispitas de lenguaje

Enrique R. Soriano Valencia

sorianovalencia@hotmail.com

Hay opiniones contrarias sobre la ortografía. Esta es la parte de la gramática normativa que regula la forma de escribir. Y eso es lo que no gusta: atender (comprender y aplicar) normas en la escritura de vocablos.

En el rechazo y la aceptación hay personas de mucho prestigio. Ellas representan la muestra palpable de que la polémica no es banal o un acto sin un buen sustento. En el rechazo está como bandera Gabriel García Márquez que, para asombro de quienes lo invitaron como orador en el I Congreso Internacional de la Lengua (Zacatecas, México, abril de 1977), propuso su jubilación. En el opuesto, por supuesto, están los Académicos de la lengua, sin un rostro concreto, pero con la Real Academia a la cabeza porque la tradición la ubica como la más representativa (incluso, cuando hay modificaciones a la norma de inmediato se le achacan cuando en realidad se trata de un acto consensuado y discutido en el seno de cada academia de la Lengua).

García Márquez en su intervención fue muy puntual: «Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna; enterremos las haches rupestres; firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota; y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer ‘la grima’ donde diga ‘lágrima’ ni confundirá ‘revólver’ con ‘revolver’».

A este argumento, los defensores de la ortografía contraponen reflexiones francamente melifluas: «Una ortografía correcta hace que quienes nos leen perciban una personalidad agradable y positiva, mientras que si escribimos, por ejemplo, con abreviaturas o errores ortográficos, la idea de nuestra personalidad será de alguien desorganizado y distante» (Colegio Williams en su página electrónica).

Curiosamente, el argumento de García Márquez lo usan los propios Académicos cuando se trata de la palabra solo, ahora recomendada siempre sin acento. Es decir, suponen que para el lector queda claro por el contexto cuándo en un enunciado se refiere a ‘sin compañía’ (adjetivo) y cuándo a ‘únicamente’(adverbio). De alguna forma tienen razón (incluso el propio García Márquez) porque los argumentos sobre su eventual confusión (anfibología) se realiza con enunciados descontextualizados: «Solo te vengo a visitar» (¿vengo sin acompañantes o únicamente a verte?).

A mi juicio, no es recomendable una postura tan maniquea (rechazo total u aceptación absoluta). Y no es por el ánimo de la conciliación ramplona (admiro tanto a García Márquez como a la labor académica). La realidad confirma que en ocasiones el contexto permite comprender mejor que el academicismo. Me refiero a que quien no domina la clasificación gramatical entre adjetivos y pronombres es más probable que cometa error ortográfico con la palabra ‘este’ (antes como pronombre se aplicaba acento gráfico; pero como adjetivo, no). Por ello, es adecuada la liberación de la tilde.

Sin embargo, es absolutamente necesaria la ortografía para distinguir los verbos ‘encauzar’ de ‘encausar’. Para este caso, el contexto es insuficiente: «Debemos [aquí cualquiera de ambos verbos] a los muchachos»: con S implica llevarlos a juicio; con Z, guiarlos.

Por tanto, ambas posturas tienen algo de razón. Así que lo recomendable es revisar y proponer modificaciones a la ortografía, pero mantener el apego a su aplicación. Finalmente, la ortografía jamás dejará de evolucionar. Así, cuando al fin se incorpore un cambio, hay la plena certeza que una buena parte de la sociedad ya aplica la nueva norma, por una parte, y ha sido profundamente revisada (analizada, reflexionada e investigada) por todos los académicos de las 32 Academias de la lengua.

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