HABLAR CORRECTO

Enrique R. Soriano Valencia

La semana pasada di cuenta de la presencia de Concepción Compagny Compagny, integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, en la Biblioteca Central de Guanajuato, en León. Me centré en cómo hablamos los mexicanos. No faltó quien, con la gentileza de haber leído mi comentario, cuestionó «Pero ¿hablamos bien o hablamos mal los mexicanos?».

Me gana la tentación de usar una frase muy popular en otros tiempos (parafraseada). Ni hablamos bien, ni mal; sino todo lo contrario (entiendo que es un absurdo; pero hay una razón).

También el comentario sale a colación por una noticia que denunciaba que los libros de la SEP para primaria, por repartirse en el siguiente inicio de ciclo escolar, enuncia una conjugación no recomendada.

En el idioma nadie habla bien o mal. Eso depende de quién valore. A un español le parecerán extraños algunos usos de aquí, como nosotros los mexicanos tampoco le hallamos sentido a muchas palabras y frases de otros países.

El idioma es un instrumento de comunicación. Si cumple a cabalidad su función, excelente. Si no lo hace, entonces se deben dominar alternativas. Esta misma columna hace recomendaciones para lograr una mejor comunicación entre hablantes, sean locales o internacionales. Entre más neutro y con mayor riqueza nuestro idioma, mayor posibilidad al darnos a entender. De ahí las recomendaciones, pero nunca bajo de la óptica de correcto o incorrecto.

Conocer los arcaísmos, por ejemplo, ayuda mucho a reconocer que en muchos lugares ya no se usa determinada palabra. Pero si nos encontramos en un poblado alejado de las zonas urbanas con personas que digan haiga, endenantes, juites o vinites, no significa que hablen mal; solo usan un vocabulario ya poco común en la mayoría de sitios. Por lo tanto, se recomienda actualizarlos para que se desenvuelvan mejor con mayor número de hablantes. Pero, desde luego, en su localidad no tendrán problema para ser comprendidos.

Pues lo mismo pasa con los barbarismos, extranjerismos, solecismos y una serie términos lingüísticos que solo sirven para clasificar y comprender la naturaleza de esos vocablos. Entenderlos o comprenderlos no es validarlos, pero tampoco es condenarlos. Solo es reconocerlos para que establezcamos un mejor lazo de comunicación con quien lo usa o deja de usar. De ahí que incluirlos en los libros de primaria sea recomendable. Saber más sobre el idioma hace más probable la comunicación.

El español es un idioma altamente sofisticado. Por una parte, tiene más de cien mil vocablos oficiales (más los regionalismos), conocer todas las palabras es casi imposible. Además, tenemos cientos de verbos regulares e irregulares. Eso complica usar las formas recomendadas.

Los mexicanos no hablamos ni bien, ni mal. Hablamos como va la evolución de nuestro estilo de hablar. Que nuestras particularidades provoquen la risa en otros lugares o las formas expresivas de hablantes de otras nacionalidades nos generen lo mismo, es solo para los anecdotarios. Es solo parte de divertirnos con el idioma. El idioma lo hacen los hablantes, los académicos solo deben describirlo. Esa es la intención de tener libros de Ortografía y Gramática, documentos descriptivos para orientarnos.

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