LA PALABRA PERDIDA.

G. Saúl García Cornejo.

Ya saben que la invitación sustancial desde esta oportunidad de comunicación con ustedes, es la reflexión.

Ahora, en tiempos de “nuevas realidades”, ¿Hay cambios en la palabra? Así nada más dicho se presta a múltiples interpretaciones, lo que no es ajeno a la palabra.

¿Qué es la palabra? Llanamente es una voz, un vocablo, una expresión. Una herramienta para comunicar, que sola no tiene mucho sentido, debe estar acompañada, tener un propósito –noble o siniestro, básicamente-, son neutrales por sí mismas, pero depende mucho de la intención de quien las emite sea oral o por escrito, y señas.

Tienen significado, se expresan con lógica o sin ella, dicen poco, mucho y, a veces, nada. Incluso, tienen valor o hasta “precio”. Hay quien vive de ellas, se las apropia, las explota para su beneficio o para solaz propio y de otros, incluso, parafrasea o hasta las plagia.

Se expresa por letrados, lingüistas y toda clase de profesionales de ese tópico, y claro, por legos, rústicos, analfabetas; sin olvidar a los literatos en todos sus ramales. Se usa con o sin desparpajo. Informa, educa, sensibiliza, aniquila, ataca y da paz o daña. Puede “empeñarse”, cumplirse o no. Sin ella, no sería posible lo sublime, lo trágico, lo cómico. Incluso, de no existir, la inteligencia estaría en serios problemas, aunque con la gran paradoja de que, a veces, se usa con gran estupidez. 

Hoy la palabra está desgastada. Se usa sin recato, a veces sin reglas. Se toma para ofender desde el púlpito político, en lugar de conciliar, de unificar, divide con la supina idea de así, vencer. Se escupe y no pocas veces hacia arriba.

Hoy la palabra no es creíble. No se respeta, no se reconoce. Se va perdiendo en aviesos y profundos, o hasta contradictorios propósitos. Explota las pobres o débiles consciencias, es ajena a su naturaleza por traición de algunos usuarios, meros o cuasi merolicos. No importa siquiera que se haya plasmado por escrito, o ante testigos de honor o calidad.

La palabra está perdida. Hay que reencontrarla y lavar su honor. No se puede prohibir, eso iría contra natura. Tal vez hacer oídos sordos a palabras necias o malintencionadas, devaluadas sin pena ni menos gloria. Tal vez esa sea una respuesta contra el olvido, o la dejadez.

En la palabra pues, también en gran paradoja, está la redención, la salvación. Y los poetas, los escritores, los comunicadores, vaya hasta los filósofos y los filólogos, se les pide: ¡Tomen la palabra! Y denle nuevo brillo. Ofrezcan esa luz a la niñez, a la juventud y también a la vejez.

Parábola: Alguien preguntó: ¿Y, a los políticos, no los incluyen? Se hizo un incómodo silencio. Nos quedamos sin palabras. Nadie atinó proponer un remedio para ellos –los políticos-. Sólo honran sus intereses, nada les importa honrar la palabra, se pensó, pero no hubo palabras. Pues la palabra, está por ahora, perdida.

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